9 de marzo
"Entonces Pablo, sabiendo que unos eran saduceos y otros fariseos, clamó en el concilio: 'Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos. Por la esperanza de la resurrección de los muertos soy juzgado' " ( ).
¿Alguna vez te has enfrentado solo a un problema al que no le encontrabas solución? Si te pasó así, te será fácil entender a Pablo: estaba solo en medio de un grupo dispuesto a condenarlo. Sin embargo, su mente ágil y escudriñadora pronto distinguió que sus acusadores eran dos grupos antagónicos entre sí.
Aprovechando su condición de fariseo, cambió su argumento, y se basó en la creencia de los fariseos. Dijo así: “Estoy aquí por la resurrección de los muertos”. Cuando escucharon esto, los fariseos lo defendieron de los saduceos, quienes no creían en la resurrección de los muertos ni en los ángeles. Además, se armó una gran discusión entre estos grupos, y Pablo pudo salir airoso en esa defensa.
Por supuesto, ambos grupos querían verlo muerto porque lo consideraban un estorbo, un dolor de cabeza con el que querían acabar pronto. No esperaban terminar peleando entre ellos, ya que habían ido a la corte unidos en propósito contra él. La estrategia del apóstol los desorientó de tal manera que se dieron cuenta de su gran fracaso recién fuera de la corte. Esto le dio a Pablo tiempo suficiente para escapar de sus manos.
El punto principal es que no fue su astucia o su inteligencia lo que ayudó al apóstol, sino la intervención de Dios. Para cumplir sus propósitos de misión, el Señor le dijo a Pablo: “Ten ánimo, Pablo. Como testificaste de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma” ( ).
Dios cumple sus promesas: “Cuando los lleven a las sinagogas, y ante los magistrados y autoridades, no se preocupen por cómo o qué responder, [...] el Espíritu Santo les enseñará [...] lo que deban decir” ( ). El Dios de la misión puede defender a sus hijos con un simple argumento como lo hizo con Pablo. Él hará que sus siervos cumplan con sus propósitos, aunque la empresa sea aparentemente imposible o parezca una causa perdida.
¿Cuál es la misión que Dios ha colocado en tus manos? ¿Estás trabajando para cumplir sus propósitos? Él te ayudará defendiéndote para que cumplas su misión. Su gracia te ha alcanzado; compártela cumpliendo su misión. No estás solo.